12 octubre, 2026
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Con un superávit comercial acumulado de US$ 18.249 millones empujado por el agro y la energía, el Producto Bruto Interno cedió un 0,6% desestacionalizado en el segundo trimestre de 2026. La contracción del consumo privado, la parálisis del gasto público y el desplome del 11,1% en la inversión amenazan la sustentabilidad del entramado productivo.

La economía argentina exhibe un esquema de dos velocidades. Mientras el frente externo registra números históricos impulsados por los sectores primarios, el mercado doméstico muestra signos de agotamiento. De acuerdo con los últimos datos del Indec, el Producto Bruto Interno (PBI) avanzó un 2% en la comparación interanual durante el segundo trimestre de 2026, pero registró una caída desestacionalizada del 0,6% frente al primer trimestre. Este retroceso obedeció principalmente a la contracción del consumo privado (-2,4% trimestral), la reducción del gasto público (-2,3%) y una nueva retracción en la formación bruta de capital fijo (-0,8%), evidencia de que la demanda interna dejó de acompañar la dinámica exportadora.

En contraposición, el intercambio comercial de agosto ratificó el empuje del sector externo con un superávit de US$ 2.187 millones, acumulando un saldo positivo de US$ 18.249 millones en los primeros ocho meses del año. Las exportaciones crecieron un 21,4% interanual al sumar US$ 67.248 millones, apalancadas por los envíos de combustibles y energía (+48,9%), la minería y el complejo agroindustrial. Sin embargo, la balanza de importaciones advierte sobre el freno fabril: las compras al exterior cayeron un 2,6% general, pero el desplome fue sensiblemente mayor en la adquisición de piezas y accesorios para bienes de capital (-19,2%) y en bienes de capital liquidados (-5,9%), reflejando la falta de equipamiento en la industria manufacturera, que trabaja a un 58,2% de su capacidad instalada.

La brecha entre el dinamismo primario-exportador y la alicaída producción nacional repercute en el mercado de trabajo y en la geografía productiva del país. Provincias como Santa Fe condensan este fenómeno: mientras las terminales portuarias operan en niveles récord con el complejo sojero y cerealero, los cordones industriales metalmecánicos y de maquinaria agrícola padecen caídas de producción superiores al 40%. La disparidad entre el avance de rubros extractivos como minas y canteras (+16,4% interanual) y el retroceso de la industria manufacturera (-2,1%) plantea el principal desafío de la política económica: lograr que el flujo de divisas generado por la vía exportadora derrame de manera efectiva sobre la inversión, el consumo y el empleo formal del tejido urbano.

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